Nuestra lengua

por Meli.C

Melissa Capalbo se presenta como columnista en Ideasp! con una maravillosa reflexión sobre los usos lingüísticos y la responsabilidad que conlleva tanto el saber como el no saber, porque como ella dice “Nuestra lengua, el patrimonio y la herencia que se nos encargó por ser parte de una nueva generación está a punto de cambiar de maneras inimaginables.”

Nuestra lengua, el patrimonio y la herencia que se nos encargó por ser parte de una nueva generación está a punto de cambiar de maneras inimaginables.

Muchas personas no saben (o no les interesa) que los diccionarios hoy en día se hacen a partir de un Corpus (un conjunto masivo de ejemplos extraídos del habla y de la literatura).

Antes, los diccionarios eran en su totalidad prescriptivos, es decir que dictaban reglas de lo que se consideraba un uso gramatical y agramatical de la lengua. Entonces un diccionario de antes se podría haber dicho que es completamente agramatical poner el sustantivo delante del artículo (*chico el – el asterisco delante del enunciado marca la agramaticalidad).

Sin embargo, el mundo cambió, se desarrollaron nuevas tecnologías que permitieron avances en el estudio de la lengua y su uso. Con el tiempo, también cambiaron los diccionarios; hoy, si uno va a su biblioteca, encuentra que el diccionario es tanto descriptivo como prescriptivo.

Básicamente el diccionario nos cuenta cómo se caracteriza una palabra y en qué contextos se usan y puede (o no) que de un juicio de gramaticalidad.

Esto está todo muy bien, porque si nos ponemos a pensar, si la gente no pudiera usar la lengua de otra forma más que como lo dice el diccionario, nuestros lectos (por referencia al sociolecto, idiolecto, geolecto, etc) nunca cambiarían.

De hecho, la lengua nunca se modificaría a través del tiempo y todos sabemos (o intuimos como hablantes nativos) que la lengua SÍ cambia y muta en el tiempo.

El problema con los diccionarios de hoy es que quienes los editan son “figuras de autoridad” en cuanto al uso de la lengua; se podría decir que los viejitos con togas de la Real Academia Española son los que tienen “la posta” sobre cómo hay que hablar y escribir.

PERO, si tenemos en cuenta que como hablantes, todos nosotros tenemos el poder de modificar la lengua, los editores de diccionarios no tienen nada más que hacer que ver como nosotros doblamos y desdoblamos las palabras a nuestro antojo para después caracterizarlas y ponerlas en un diccionario.

Ningún problema, ¿A quién le importa qué hacen los editores? Bueno, la verdad que a mí no me importa tampoco pero algo que hacemos todos nosotros como hablantes (y encima lo hacemos a diario) me molesta muchísimo.

Cuando alguien chatea o se manda un mensaje de texto con otra persona, por ejemplo, y recibe un mensaje que dice algo como “ay que ir al cine” muchos (incluso yo) omitimos la obvia brutalidad de nuestro interlocutor por no haber puesto una H adelante del “ay”.

Lo mismo con otros ejemplos comunes, por ejemplo, usar la B para todas las palabras, porque igual se Ban a equiBocar, entonces no importa si se equivocan con la B o la V. A muchos les causaría gracia, incluso harían una broma y está MAL.

No por cuestiones morales, porque si fuiste a la primaria entonces tenés que saber cómo escribir. Está mal porque nosotros mismos perpetuamos el error del otro y hay gente que copia la escritura ajena, ya sea por admiración o porque no tienen la más pálida sobre lo que el otro escribe.

La tendencia que se ve, especialmente los que tenemos contacto con textos escritos y diálogos, es que la gente no distingue AY (interjección de dolor o sorpresa) de HAY (forma impersonal del verbo haber) o AHÍ (adverbio locativo).

Para retomar el tema de los diccionarios entonces, sí esta tendencia de usar cualquiera de las tres formas porque suenan igual (a pesar de que significan cosas diferentes) se perpetua, no es de extrañar que dentro de unos pocos años la RAE o cualquier otro diccionario prestigioso diga “Okey, por cuestiones de uso, AY, HAY y AHÍ en sus formas gráficas son intercambiables”.

¡Listo!, lo que la RAE dice sobre el uso es casi una verdad indiscutible. Pero ¿qué pasa con los pobres infelices que aprendimos la diferencia entre AY, HAY y AHÍ? Miren este ejemplo:

(1)    ¡Ay, amor mío!                                (2)   ¡Ahí, amor mío!

De 1, podríamos decir que es parte de un poema, una queja o quizás una súplica al objeto de afecto del poeta. 2, por otro lado, es de un uso más coloquial, se podría interpretar como un enunciado de impaciencia por parte de una persona que, en vez de insultar a su interlocutor, utiliza la frase “amor mío”. Ahora imagínense que invertimos los significados porque estamos en un futuro cercano donde se aprobó el uso de ay, ahí y hay como formas indistintas de lo mismo.

Con toda subjetividad digo que no entendería nada. No sé qué opinarán al respecto pero me parece que antes de llegar a este punto, tendríamos que solidarizarnos con los otros hablantes que, como nosotros, conocen el uso “correcto” de las formas y explicarles a nuestros amigos atolondrados que cuando escriben “ay que ir al cine” tienen que poner “Hay que ir al cine”.

Hay muchos cambios que se pueden hacer en la lengua, muchos contribuyen a enriquecerla, llenarla de significados nuevos todos los días pero cambios como éste, en mi opinión, sólo contribuyen a su deterioro.

Nuestra lengua, el patrimonio y la herencia que se nos encargó por ser parte de una comunidad lingüística está a punto de cambiar de maneras inimaginables. Hagamos que esos cambios sean para mejor.

3 comentarios to “Nuestra lengua”

  1. Ahi que ver si todavia se puede escribir como quisieran los positivistas como vos pero considero que abria que ver si lo que ay que analizar son otros elementos.
    jajaj, Bienvenida Meli HAY que trabajarrrrrrr para que se consagren tus expresiones desde múltiples ámbitos, como por ejemplo ESTE.

    Te mando un saludo a la distancia y me hace FELIZ tu colaboración

  2. Yo noto, cuando tratamos sobre estos temas que hay dos posturas que sobresalen: 1) La que no tolera los “errores” y 2) La que no le importa un comino. La que menosprecia a quién escribe “mal” y la que menosprecia a quién quiere que se escriba “bien”.

    Yo me ubico en una postura intermedia: Por un lado me gusta la buena escritura, con un buen uso de términos y, sobre todo, los signos como las comas, los acentos, etc. Sin embargo, por otro lado, creo que las nuevas formas de comunicación electrónica exigen un cambio en la lengua tanto oral como escrita. Y en eso estamos.

    Hace más de 200 años se trató el tema de si íbamos a seguir un criterio etimológico o un criterio práctico en la lengua castellana. En esa pulseada ganaron los partidarios del criterio etimológico (RAE) por lo cual tenemos un sistema ortográfico tan complejo y con tantas irregularidades, sobre todo en la conjugación de los verbos. Por eso tenemos palabras con haches en el medio y algunas otras complicaciones más.

    Por mi parte creo que hoy nos encontramos en medio de una nueva pulseada. La anterior fue por motivo de la expansión del castellano en las colonias americanas lo que hacía que surjan regionalismos. Esta nueva pulseada creo que nace por la expansión de las comunicaciones electrónicas (chat y txt) lo cual hace que surjan las más ingeniosas abreviaciones, modismos, etc.

    Hoy por hoy, me inclinaría por un criterio más práctico que el que tenemos ahora, ya que considero que la función de la lengua no es alardear de cultura sino más bien comunicarse con el menor ruido posible.

    Para terminar agrego otro tema que me preocupa que es el de el vocabulario, es decir la cantidad de palabras que uno tiene en la memoria para usar. Esa, es la gran cuestión para mí. Me preocupa que las nuevas generaciones no tengan palabras a mano para usar. Las palabras son conceptos que enriquecen la capacidad de pensar y de expresarse. Aquellos que no tienen suficientes palabras en su haber, tiene limitada su capacidad de pensar y de comunicarse, y por ende, de criticar, de exigir, de manifestar y de construir una sociedad más justa, que, al fin y al cabo es la razón por la que nos vimos obligados a inventar el lenguaje.

    Te agradezco Melissa que trates este tema tan importante porque estoy convencido que gran parte del origen de nuestros males como pueblo es no poder comunicarnos bien entre nosotros, lo cual creo que no es una casualidad o un accidente. Desgraciadamente creo que esta falta de comunicación entre la gente beneficia a otros.

  3. El uso de la palabra se hace relevante en la vida del ser humano por la carga, no solo informativa, si no emotiva, expositiva, argumental… Tiene intencionalidad. Si existen leyes que rigen la gramática, o la gramática como un gran conjunto de normas que rigen el modo expresivo-expositivo de la verbalidad o la oralidad plasmado en la escritura; entonces esa es la meta verdadera u original. Y dado que si todos expresásemos nuestras ideas de forma desigual, la interpretación haría estragos y el emisor y el receptor nunca podrían ni evocar ni comprender el mensaje de forma eficiente y eficaz. Si elevamos este análisis a las carencias sociales respecto de la conceptualización de las ideas, y vemos la manipulación mediática de la información, por tomar unos pocos ejemplos, nos damos cuenta que este tema influencia en escalas inimaginables. La pregunta: ¿Es capaz el ser humano de aceptar la generalidad para el bien común (en este caso, la comunicación), o su debilidad radica en transgredir para experimentar una suerte de identidad individual, la diferencia (escribir distinto, escribir a mi manera)? ¿Es la ignorancia de estas leyes intencional o no intencional?

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